Muerte de un escritor

Leo en el periódico de hoy, mientras como los fusili del menú, que el pasado 12 de septiembre  Karen Green descubrió el cuerpo de su marido David Foster Wallace ahorcado en su habitación, en su domicilio de Claremont, California.

Automáticamente se me quita el hambre.

Acerco la enorme página  a mi cara para ver la fotografía que acompaña el artículo.

Busco en sus ojos una explicación y aunque me parece que empiezo a reconocerla, decido apartar la mirada, porque no quiero entenderla.

Pienso: otro. Otro escritor que nos abandona antes de tiempo. Pienso en la relación entre la escritura y el suicidio. Los nombres de Hemingway, Virginia Wolf, Guy de Maupassant, Jack London, Paul Celan y Silvia Plath me asaltan la cabeza entre otros.

Leo en el artículo que el llamado “cronista del malestar de Estados Unidos” ya había tenido pensamientos suicidas anteriormente.

Leo que esto empezó cuando vio que tenía y había conseguido todo lo que pensaba que le haría feliz, y sin embargo no lo era.

Pienso si ese no es el miedo que tenemos todos.

Pienso si las dos únicas opciones son tener miedo a no conseguir lo que deseamos, o de ser infelices si lo conseguimos.

Pido la cuenta, pago y me voy.

Pienso: quiero escribir acerca de esto. Mi mente intenta hacer un cálculo aproximado de la cantidad de libros que se van a vender a causa de su muerte, cuántos lectores ganará el autor a cambio de su vida.

Me doy cuenta de la poca y mucha importancia del significado de este último pensamiento.

“Lo esencial es la emoción. La escritura tiene que estar viva, y aunque no sé cómo explicarlo, se trata de algo muy sencillo: desde los griegos, la buena literatura te hace sentir un nudo en la boca del estómago. Lo demás no sirve para nada”. -dijo una vez-.

Siento pena, y miedo de que gente a la que admiro y considero que aporta algo a la sociedad crea que ya no tiene motivos para seguir haciéndolo. La vida de cada uno es algo muy particular, y sin embargo pienso que no nos podemos permitir el lujo de ir perdiendo buenos escritores.

Siento la muerte de este escritor. Y la de todos los demás que se han quitado la vida porque ya no encontraban que valiese la pena vivir para contar.

La paradoja poética es que saben que siempre nos quedaran sus palabras.

La paradoja es que recibí para mi cumpleaños, entre otros muchos libros interesantes, “Breves entrevistas con hombres repulsivos”   de alguien muy especial a  quién yo le había regalado dos años antes “La broma infinita”.

La paradoja es que lo tenía en la mesita de noche esperando a ser leído.

La paradoja es que he decidido que esta noche lo empezaré a leer.

Quizás entonces entienda,  aunque sea sólo un poco, y aunque me dé miedo entender, la muerte del escritor.

By Laia Vilaseca.

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